La trampa del esfuerzo con José Miguel Valle

Actualizado: 16 jun 2020

EN BUSCA DE SENTIDO / TEMAS PARA CRECER



Erróneamente se suele vincular esfuerzo con éxito. Es una relación falsa porque el esfuerzo no cursa con realidades sino con posibilidades. El esfuerzo está matrimoniado con la posibilidad del mérito, que a su vez es la posibilidad de alcanzar un objetivo, porque nadie alcanza algo meritorio sin la intervención paciente del tiempo y de la perseverancia.


Si ese objetivo excluye los objetivos de otros, entonces se compite, y la consecución de la meta no depende tan solo del esfuerzo privado sino de multifactores que no suelen citarse en este tipo de eslóganes.


Los anaqueles de las librerías están saturados de libros que repiten que «si te esfuerzas, llegarán los resultados», o frases parecidas que albergan significados análogos. La conversación pública se ha contaminado de estas máximas que proscriben los matices. Uno no necesariamente alcanza lo que se propone con el concurso del esfuerzo. Otra cosa muy distinta es que resulte harto complicado conseguir lo que uno se propone si no se esfuerza.


Parece una frase idéntica, pero en su interior descansa una ideología totalmente antitética.

Ocurre lo mismo con la también recurrente y falaz «todo se consigue con esfuerzo», que podría ser admitida como válida haciéndole unos retoques estructurales: «nada se consigue sin esfuerzo». Parece un mero cambio cosmético, pero entre ambos enunciados se abre la sima de dos maneras de entender el mundo.


En la primera se responsabiliza del fracaso al sujeto. Como todo se logra con el despliegue del esfuerzo, si uno no lo ha conseguido es porque se ha esforzado insuficientemente. En la segunda frase, «nada se consigue sin esfuerzo», se apela al esfuerzo como paso previo para asaltar cualquier meta, pero no se penaliza al que no la corona.


Esta afirmación aclara que el esfuerzo no garantiza la consecución de la recompensa, sólo cita que alcanzarla se complica sin su presencia. En esta afirmación también se reivindica la cultura del esfuerzo, pero sin culpabilizar a nadie. Aquí tiene cabida el intento, en la primera frase sólo la consecución. Recuerdo un maravilloso verso de Antonio Machado que aclara la crucial diferencia: «Yo me jacto de mis propósitos, no de mis logros».